El miércoles 25 de Octubre terminé noche de caridad a eso de las 12:20 y volví rápido a casa para bañarme y salir con mis amigos a una fiesta de egresados. Había llovido y corría un viento que realmente te entraba por la ropa y te congelaba.
Cuando salí de casa para lo de un amigo, fui caminando a la parada del 44 (que por cierto tardó mucho en venir). Faltaba media cuadra para la parada, cuando veo a alguien durmiendo contra una pared de la YPF abandonada en Rivadavia y Malvinas. A medida que me acercaba, intentaba descifrar quién era esa persona, y si efectivamente dormía. Tenía los ojos a medio cerrar por lo que pensé que me estaba mirando, finalmente descubrí que era Pablito (una de las personas a quien damos de comer). Se notaba en sus ojos vidriosos el frío y la desazón.
Ahí fue cuando le dije, con toda la clemencia del mundo: "buenas noches Pablito", a lo que me contestó "buenas noches papi". En ese momento sentí mi alma partirse dos mientras advertía que no solo estaba pasando mucho frío sino que él mismo sabía que no podía refugiarse en ningún otro lado más que contra una pared (casi a la intemperie).
Mientras viajaba en el colectivo, recé una decena del rosario pidiendo por Pablito, pero sobre todas las cosas para agradecer porque sabía que cuando yo volviese a casa a las 6 de la mañana iba a tener mi cama con mi frazada, una heladera llena de comida, y una familia que me quiere y me cuida.
Por eso es que voy a noche de caridad, porque sé que pertenezco a un grupo privilegiado de la sociedad que tiene acceso a educación, salud, techo y buena alimentación. Agradezco a Dios por haberme concedido todo lo que tengo y mi forma de retribuirle todo lo que me da es ayudando a que a personas como Pablito se les haga un poco más llevadero el sufrimiento. Y les aseguro que lo que advertí en Pablito, no es ni una décima parte de cómo realmente se debe sentir.
- Martín -
jueves, 29 de noviembre de 2007
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